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Temperar el mundo, deber de cuidado


En este momento, en el que proliferan multitud de angustias e incertidumbres, nos toca poner calma y acoger el don de la esperanza en nuestro vivir existencial. Estos síntomas de desorden revelan una enfermedad social en un mundo globalizado que demanda un deber de consideración, sobre todo hacia los seres más indefensos, entre los que se encuentran los niños, a quienes hay que proteger contra el maltrato, la explotación y la trata de personas, al igual que a nuestros mayores que, dado que superarán en número a los menores de dieciocho años muy pronto, requieren políticas que garanticen un acceso equitativo a las prestaciones de jubilación, que aborden las necesidades sanitarias específicas de cada sexo y refuercen los sistemas de apoyo social para aliviar la carga de los cuidados.

Debemos entrar en sanación con todo, también con la naturaleza y la economía. En este sentido, la diversidad biológica es crucial para la salud humana, el suministro de alimentos, el transporte y las actividades económicas que generan empleo, como la pesca y el turismo. Evidentemente, los humedales son vitales para la supervivencia y para nuestro clima, pues proporcionan servicios ecosistémicos esenciales como la regulación del agua, incluido el control de las inundaciones y la purificación del agua. No olvidemos que una octava parte de la población terrestre que vive en zonas rurales y urbanas de todo el orbe depende de los lodazales como medio de sostenimiento y desarrollo.

El crecimiento económico ilícito, en parte, se debe a que se prescinde de los valores humanos fundamentales, ocasionando una afluencia de daños infligidos a la casa común. ¡Es una inmoralidad que clama al cielo! Ante esta grave situación dominante, tampoco podemos quedar indiferentes. La degradación ambiental derivada de querer poseer y subyugar la naturaleza es cruel. Cada pueblo puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su estabilidad vivencial, pero también tiene la obligación de protegerla y ampararla. No podemos deshumanizarnos; somos seres sociales, creativos y solidarios, con una inmensa capacidad de amar. El amor todo lo alcanza y percibe. Ahí radica la sanación: en activar la valía y no el dinero como valor, pues todo lo mercantiliza.

Desde luego, no somos seres adoquinados; entonces podremos inspirar ilusión para regenerar una atmósfera más sana y justa. Algunos dirán que, como individuos, no podemos hacer mucho. Es cierto, pero cada uno puede ser una gota que, unida a muchas gotas, puede convertirse en un mar. No hay que tener miedo a nada; jamás miremos hacia otro lado cuando veamos la multitud de esclavos que transitan ante nuestros ojos cada día.

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